miércoles, 5 de mayo de 2010

Nostalgias mojadas

El viejo despierta. Se pone en pie y los rayos de sol que penetran por su ventana le adviertene de que se acerca ya la primavera. El viejo se pasa una mano por su pelo blanco, usado, recordando aquellas manos que antaño lo acariciaban. Grandes lágrimas caen de sus ojos siguiendo las marcadas líneas de su cara trazadas por la experiencia del que cree haberlo vivido todo. El viejo tiene mucho miedo y además siente nostalgia. Otro año más tendrá que afrontar la época del renacimiento, del auge de la vida. Tendrá que ver crecer el mundo a su alrededor mientras él se quede estancado en el frío invierno, sin poder crecer de ninguna manera, gritando desesperado, pidiendo auxilio desesperado, deseando salir de su estado, o bien llevado por la muerte al eterno descanso, o bien elevado por la vida a la naturaleza. No soporta más vivir como un muerto, olvidado por el mundo, que sigue su camino sin él, sin perturbarse lo más mínimo. Además, comienza comienza a olvidarse a sí mismo, a sucumbir en la fuerza del tiempo, que siempre acabará por hundirlo todo. Se tira, triste y cansado en su cama. Su llanto se torna más profundo, sus pensamientos son cada vez más antiguos y el viejo se duerme y sueña. Sueña con acantilados tras los cuales se encuentra el infinito vacío. El viejo está angustiado pero duerme profundamente, está acostumbrado a los sueños tormentosos. De repente, se encuentra frente a una montaña que debe escalar y no puede, la gran pared nunca acaba, y la respiración del viejo se hace más rápida, entrecortada, el viejo jadea y se mueve más y más en lo más profundo de su alma. Se despierta de golpe, abre los ojos. Se encuentra en un lugar muy pequeño y blanco lleno de agua. Mira sus manos, son de niño recién nacido, unos dedos gorditos, una mano ingenua y joven, aun sin definir. El movimiento del agua trae los susurros del mar, y comprende incrédulo que se encuentra en una gran concha de nácar, en medio del oceano eterno.

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